HUELGA DE HAMBRE EN LA CÁRCEL JUNTO A DOS MUÑECAS BRAVAS
Posteado el 13 de Marzo del 2010 a las 15:29 por admin
Estoy llegando a Buenos Aires. Celular. ¿Casal a esta hora? Ricardo Casal es el Ministro de Justicia de la Provincia de Buenos Aires. Al teléfono dice: – Iván, los internos de la Unidad 9 están en huelga de hambre. La verdad, temo un motín y que la medida se generalice en toda la provincia. Piden la presencia de legisladores provinciales y nacionales para hacerle algunos planteos. Necesito que vengas. – Dale, como digas. – Nos encontramos mañana a las 10 en el despacho de Balestrini (Vicegobernador y Presidente de la Cámara de Senadores). Hasta mañana. Ni chau le pude decir.
Al rato, Luis, de la secretaría del bloque de mi cámara, me confirma la cita y ruega puntualidad. Esa noche, si no hubiera sido por el cansancio del viaje en auto y la jornada hiperprolongada (comenzada a las 6:30 llevando a los chicos al colegio en Bahía) me hubiera costado dormirme. El recuerdo de mis múltiples visitas a cárceles (Batán como estudiante, Caseros en BA, Villa Floresta en Bahía) era aterrador: la sola idea de pasar una noche adentro reafirmaba, la convicción de ser honesto y prudente. Ante el pedido, la primer reacción podría ser alegar que dejaste la leche en el fuego o algo similar para correr a esconderte debajo de la cama. Es sólo un segundo de pensarlo para saber que no se puede esquivar el bulto. A la otra mañana, beso en la mejilla a todos – en el peronismo y entre jugadores de fútbol, beso; dar la mano es “de paquetes o maricones”, como alguien me dijo alguna vez. Balestrini, impecable como su despacho, con traje marrón, zapatos claros y barba recortada. -Ja, todos los de Bahía tienen que ser altos, por el básquet, ¿vieron?-dijo. Estaba rodeado de figuras notables: Diana Conti, sencillo pantalón con corte de jean blanco y blusita beige con volados; y Graciela Giannetasio, tailleur con pantalón, azul con rayas finitas, muy clásica. El Vasco Goicochea, jefe del bloque de senadores. Y dos senadores provinciales más; Bucca, bolivarense compañero de diputados; y otro diputado nacional que no pude saber quien era. Casal, otro siempre muy cuidado con trajes clásicos y corbatas centelleantes pero muy bien combinadas y con pañuelo al tono, informaba la situación: los internos, liderados por los universitarios, estaban en huelga de hambre –la notoriedad del preso muerto en Cuba hace pocos días parece haber sido la inspiración de la medida-. Pedían la modificación de varias leyes, la presencia de legisladores nacionales y provinciales para discutir esa posibilidad, y la mediación de diversas entidades de derechos humanos. “Esto comenzó ayer: quiero desactivarlo hoy mismo. No esperan que les cumpla con la presencia de Uds. tan rápido. Voy a aceptar la intervención de todos los grupos que proponen: son gente seria. El Código de Ejecución Penal, luego de un año de consultas a todo el mundo, lo elevo a la cámara en abril. Así que no quiero darles argumentos para que sigan.” Con alguna inquietud no confesada, todos nos subimos a una combi. La cárcel, como los regimientos, muy prolijita de afuera: césped al ras, pintura sin mácula. Saludan los directivos de la cárcel, y el tan temido cran, chan, crac, de las rejas y cerrojos quedan atrás. Un salón, y dos mesas largas y quince sillas delante. En un silencio incómodo se van acomodando los internos en las sillas; hay sólo tres mujeres. Se los veía limpios, cuidados, zapatillas caras, jeans con rayas del planchado, camisas pulcras. Para romper el hielo, Diana Conti pide que se presenten. El 90% cursa o terminó estudios universitarios. Eso se notaba. Comienza la larga cadena de reclamos, expuestas por los abogados del grupo con abundancia de citas doctrinarias y jurisprudenciales. No pude dejar de imaginar a estos pibes todo el día leyendo y leyendo aquellos libros y a aquellos jueces que les permiten ver una rendija hacia la libertad. Con convicción reclaman el dictado de leyes nacionales y provinciales. Esa vehemencia va in crescendo cuando Casal o alguno de nosotros remarca que es imposible reeditar leyes como las del 2 x 1 ante el humor social reinante, o votar leyes en dos días. Luego de una hora de discusiones, alguno tuvo la mala idea de correr a Conti por izquierda. Con dureza, la diputada les recordó que ella había fundado en los 80 un estudio con un tal Zaffaroni, que había sido Secretaria de Derechos Humanos y que había colaborado en el dictado de muchos de esos fallos que habían sido recién citados con unción por los presos. Cuando alguno imputó que la provincia no había cumplido los mandatos del fallo Verbitsky (aquel que impuso la revisión de algunas leyes y el mejoramiento de las condiciones en las cárceles), Giannetasio, sin prisa, sin pausa y con una firmeza intimidante contó todas las cosas que había hecho como presidente de la cámara de Senadores en el 2006 para cumplir con ese fallo, con la colaboración de los mismos organismos que ahora se proponían como mediadores. Para terminar con esa discusión que parecía interminable, Casal propone que ese viernes se reunieran los mediadores para avanzar en los temas propuestos. El que oficiaba de cabecilla sostuvo que hasta luego de esa reunión continuarían con la huelga. Allí me pareció que, al menos para reinvindicar al género masculino, como diría un machista, ante esas dos muñecas bravas que habían copado la parada hasta ese momento, tenía que intervenir. Dije que en toda mediación la condición previa era que las partes den muestras de buena voluntad antes de sentarse a la mesa. Y el ministro había traído en forma inmediata a los legisladores, había aceptado los mediadores propuestos, y aseguró la remisión del Código de Ejecución Penal a la legislatura en forma inmediata. Por ello era condición para seguir adelante que suspendieran la huelga de hambre. El líder no aflojaba: “Nos costó mucho llegar a esto, no nos vamos a bajar así nomás”. ¿Y cuándo vamos a terminar?, les dije? ¿Esperan seriamente que se pueda sancionar una ley en tres días? Los otros reclusos dudaban en seguir, pero el líder no quería ceder. La discusión parecía estancada: todos miraban alternativamente para arriba, para el costado o se concentraban en sus uñas. Los de la mesa amagaban con levantarse. Cuando el fracaso parecía inevitable, Conti tiró un salvavidas: propuso que para el mediodía del jueves los internos indicaran si dejaban la huelga de hambre para así abrir la mediación el viernes. Si bien el cabecilla intentó alguna protesta, el lenguaje corporal dejó traslucir que el resto veía con alivio esta ventana hacia una solución. Nos fuimos pues, saludando a los muchachos y chicas internos y a la gente del servicio penitenciario, quienes compartían nuestro alivio luego de las dos horas de negociación. Y como cambian los encuentros cara a cara. Esos internos, a quienes desde afuera nos es fácil criticar, luchaban como podían por recuperar lo que a diario no valoramos, la libertad. Y también es igual de fácil desde afuera criticar a la clase política: pero la verdad que estas dos mujeres, estas dos muñecas bravas dieron muestras de carácter y habilidad para manejar una situación tan crítica. Y vinieron porque vinieron: no las esperaban los medios, ni el reconocimiento popular, ni había especulación política posible en este garrón que las sacaba de su trabajo diario. A riesgo de parecer naif, o boludo, estoy seguro de que vinieron por el compromiso con su trabajo.
Todos salimos corriendo: nosotros a nuestra reunión de bloque en La Plata, los diputados nacionales hacia Buenos Aires, Casal para Las Flores a un acto. Luego de una sesión agotadora, llegué a mi departamento de Buenos Aires a pasada la medianoche. Mientras tres empanadas lánguidas y arrugadas se descongelaban, prendí el último informativo del día. Desde la tele, Diana Conti (mismo pantalón blanco, misma blusita beige) peleaba a toda la oposición por la derogación de los decretos de necesidad y urgencia.

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